Cómo entender el juego y sus implicancias en el trabajo terapéutico con niños desde una mirada psicoanalítica

“El niño que juega experimenta las satisfacciones de poder representar ante un espectador acogedor y comprensivo, los conflictos que le valieron las heridas narcisistas (…) La proyección en el juego, sobre los personajes y las situaciones ficticias desculpabilizan los afectos, las intenciones pulsionales, la escenificación de los conflictos da al yo una parte de placer para funcionar libremente” (Anzieu-Premmereur, C, 2001)

El trabajar con niños desde lo terapéutico requiere utilizar el juego, el cual es una herramienta primordial en la clínica producto que el juego es concebido como un modo de comunicación y expresión, es la modalidad de acceso a nuestros pacientes. De esta forma, desde el punto de vista psicoanalítico el jugar forma parte de la evolución psíquica del niño y se encuentra siempre al servicio del despliegue sistemático de todo tipo de fantasías. Cuando una fantasía se desarrolla en el juego, una enorme cuota de placer deviene como consecuencia. Es por esto que el juego en la práctica de la clínica infantil psicoanalítica genera varias interrogantes, la concepción de niño que se tiene, el estilo de clínica que se desea realizar, las implicancias del juego en una sesión y en otra, etc. A partir de estas interrogantes se ha ido observado en la atención de salud mental, tanto en el ámbito público y/o privado, diversas situaciones que el terapeuta enfrenta diariamente, siendo una de las más importantes el primer encuentro con el paciente y su familia, padre y/o madre.

 

Entonces cabe preguntarse de qué manera se puede encuadrar el juego en las sesiones terapéuticas.

Para dar respuesta, es necesario poder dar algunos lineamientos del encuadre terapéutico con niños. Para esto es fundamental que en las primeras sesiones, donde se producen las primeras aproximaciones del paciente con el analista, se empiece a conformar el espacio terapéutico, generando el lugar donde se coloca en juego la posición subjetiva del paciente, de tal manera que hay que extraer el máximo posible de las vivencias o situaciones que se forman, para así, poder rescatar todo el contenido que se muestra en esta primera fase de diagnóstico. Sin embargo, no se debe suponer que esta fase esté libre de realizar una intervención, sino por el contrario, en esta fase diagnóstica se supone que ya se realicen intervenciones. Dentro de éstas, se considera relevante destacar las palabras de Frances Tustin, quien señala la importancia de que en los casos graves, el niño logre darse cuenta que el terapeuta no forme parte de su grupo primario, lo mismo para los padres; es por ello, que se hace necesario dentro de las primeras entrevistas realizar este tipo de intervenciones. Además, cabe señalar la importancia de que los padres puedan comunicar de forma precisa y concreta los motivos por los cuales están acudiendo al psicólogo, dado que esta información es de gran relevancia para poder comprender el padecer de los padres y el niño. Otro de los aspectos importantes a mencionar por parte del analista, es reforzar con los padres y con los niños que este espacio es para trabajar, que no es solamente un espacio para jugar, sino que va más allá. Haciendo referencia a Marisa Punta Rodulfo, la clínica es poder hacer pensar las cosas de otra manera y favorecer la emergencia de los procesos subjetivos más creativos, propios del paciente y su familia, incluyendo el desarrollo de tentativas de curación más adecuadas. Instalando sus condiciones básicas, nuestras palabras deben ser fundadoras de oportunidades, sólo por esta vía es posible suscitar, tanto en el niño como en sus padres, una consideración diferente de los síntomas de un niño; es decir, que no solamente intervenimos en forma diferente de lo habitual, sino que generamos condiciones para que ellos puedan también hacer, logrando que sus propias palabras y sus propios actos adquieran una nueva dimensión. Dada las implicancias de este primer encuentro, es importante poder comprender, escuchar estas demandas, preguntarse sobre la concepción de niño y las implicancias del jugar en la práctica clínica, ya que nos ayudará a guiar nuestra compresión, las dificultades y el mundo psíquico del niño.

 

La técnica en psicoanálisis, como terapéutica se ocupa del investimiento de lo libidinal de cierto trabajo de y con el pensamiento. De esta forma, si el analista es capaz de trasmitir esto con genuina convicción, el niño y sus padres suelen pronto situarse, comprendiendo que no se trata de venir a jugar a la sesión terapéutica, ni a aprender, ni a depender del deseo del otro. El deseo de trabajar, y el trabajo del deseo en psicoanálisis, se le imponen al paciente como algo muy distinto que las ganas de venir, sustentadas por una infinidad de sucesos imaginarios. En el análisis de pacientes adultos neuróticos, la asociación libre verbal es la regla fundamental que inaugura el proceso e instaura la transferencia, pero en el análisis con niños (y a veces con adolescentes) la asociación verbal no puede constituir la única herramienta de trabajo.

Marisa Punta Rodulfo señala que es importante comunicar la regla fundamental en el movimiento de apertura “…podés decir con palabras, dibujos, juegos, modelados, sueños, todo lo que pensás y sentís mientras estás acá hasta las cosas que a otras personas no les contarías”…(pág.,65 Punta, 2005). Es por esto, que para la autora se hace relevante el transmitir la noción de un trabajo que pueda resultar útil, posicionando al pequeño sujeto en un orden muy diferente, el que promueve un desarrollo, así como también al terapeuta no sólo como un recolector de datos, sino que también está ahí para trabajar la transferencia.
Piera Aulagnier plantea que si las entrevistas iniciales desembocan en un trabajo de análisis, quiere decir que el paciente ha hecho suyas tres hipótesis. La primera hace referencia a que la causa de su sufrimiento le es desconocida, por lo que no sabe por qué le ocurre; la segunda está relacionada con el conocimiento de esta causa, que habría que permitirle su disolución y esto va hacer un verdadero acontecimiento; y la tercera es que el psicoanálisis tiene una teoría y que el trabajo allí o en otro lugar sirve. Para Marisa Punta Rodulfo estas tres condiciones deben alcanzarse a lo largo de las primeras entrevistas. Si eso no sucede, se debe tomar más tiempo e incorporar a los padres para hacer un proceso equivalente.

Entonces, surge la interrogante acerca de las implicancias del juego en la terapia. El juego aparece históricamente ante el intento de analizar a los niños. Basándose en la aplicación del método clásico de Freud, este ajuste es propuesto desde la psicoanalista inglesa Melanie Klein, quién al igual que Freud comparte la hipótesis de la sexualidad infantil, por lo que el juego se constituye desde el desarrollo sexual del menor, es decir, a través del juego se va a producir una descarga del aparato psíquico, de las fantasías del niño.

Para conocer y comprender los orígenes del juego, es necesario hacer referencia a la concepción de niño en Freud, para lo cual, nos debemos remitir a los escritos sobre “Los Tres Ensayos de una Teoría Sexual Infantil” (1905), el cual alude al Niño Pulsional. En este artículo, el autor coloca el acento en que el niño posee una vida sexual desde temprana edad. Plantea que el menor posee desde sus primeros días de existencia una carga pulsional, la cual es observable en un primer momento de su vida a través del chupeteo, conformándose ésta como una de las exteriorizaciones de la sexualidad infantil. Desde estos planteamientos, el jugar que es concebido por la perspectiva freudiana como una actividad preponderante de la infancia, puede ser referida a la creación, al ensueño diurno y al humor; la fantasía es heredera del juego, el que constituye uno de los puntos de partida de la teoría Kleiniana.

 

En 1922, en los escritos de “Mas allá del Principio del Placer”, Freud hace referencia al juego infantil, “se advierte que los niños repiten en el juego todo cuanto se les ha hecho gran impresión en la vida; de ese modo abreaccionan la intensidad de la impresión y se adueña, por así decir, de la situación” (Pág., 16, Freud, 1922). Además, refiere que esta vivencia displacentera  no siempre la vuelve inutilizable en el juego; a modo de ejemplo Freud, plantea que si un menor acude al médico y la experiencia no ha sido placentera, el menor tendería a repetir esa situación en su juego. Asimismo, sostiene y desarrolla la hipótesis del juego por placer, es decir, el niño en su actividad de juego, lo que hace es cumplir su deseo; lo que es para el soñar el cumplimiento de deseo. En su texto de “Metamorfosis de la pubertad”, señala que el espacio de juego es el espacio de las fantasías, son representaciones no destinadas a ejecutarse, es decir, no ejecutables en la realidad, por lo que el juego sería una especie de ejecución de la fantasía. Lo que viene a sustituir el juego infantil es el fantasear del adolescente o del adulto. El adulto ya no juega, sino que fantasea, por lo que la actividad del jugar tendría más relación con la actividad de las fantasías, y su puesta en representación en una actividad simbolizante que ejecuta la fantasía, que es el juego. El menor, en su juego, se identifica con algún papel viviendo las aventuras de sus personajes, juega haciendo como si, obteniendo así una ganancia de placer. En muchas ocasiones, los niños juegan a ser grandes, de papá, de mamá, logran ser grandes ahorrándose el costo de ser grandes, suponer que el adulto hace lo que quiere, por el hecho de ser adulto y no tiene la castración diaria de la vida cotidiana.

Volviendo a los orígenes del juego, en el año 1905 en uno de sus viajes, Freud comienza a observar a través de un niño de un año y medio, el primer juego. Refiere que él no molestaba a sus padres, obedecía las ordenes de ellos de no tocar ciertos objetos y no lloraba cuando la madre se ausentaba. Sin embargo el menor, mostraba un “… hábito, molesto en ocasiones, de arrojar lejos de sí, a un rincón o debajo de la cama, etc.… (…) Y al hacerlo profería, con expresión de interés y satisfacción, un fuerte y prolongado “o-o-o”, que según el juicio coincidente de la madre y de este observador, no era una interjección, sino que significaba “fort” (se fue). Al fin caí en la cuenta de que se trataba de un juego y que el niño no hacía otro uso de sus juguetes que el de jugar “a que se iban”. Un día hice la observación que corroboró mi punto de vista. El niño tenía un carretel de madera atado con un piolín. No se le ocurrió por ejemplo, arrastrarlo tras sí por el piso para jugar al carrito, sino que con gran destreza arrojaba el carretel, al que sostenía por el piolín, tras la baranda de su cunita con mosquitero; el carretel desaparecía ahí dentro, el niño pronunciaba su significativo “o-o-o”, y después, tirando del piolín, volvía a sacar el carretel de la cuna, saludando ahora su aparición con un amistoso “da”, acá está. Ese era pues, el juego completo, el de desaparecer y volver”(pág. 17, Freud 1922). Posterior a esta observación del juego del carretel, Freud da cuenta del placer que el niño presenta  en el momento de hacer aparecer este objeto que ha sido lanzado, transformando esta vivencia displacentera de las ausencias de la madre, en un juego. De esta manera, se repite aquella vivencia displacentera como una forma de elaboración de sus sentimientos y descargando sus montos de displacer por este abandono. Freud refiere que este juego puede ser interpretado en el sentido de que el niño es quien expulsa a la madre, dando cuenta de su independencia y su necesidad de venganza hacia ésta. En este sentido, el juego del carretel es más bien la repetición de un sentimiento penoso en el niño.

Desde los planteamientos de este autor, el jugar se entendería como un modo de elaboración de aquellas vivencias que han sido significativas en el niño. Desde la primera tópica, el juego constituye un medio a través del cual el niño canaliza los deseos inconscientes ligado al placer, en cambio, en la segunda tópica el juego es concebido como la repetición, ligado a pulsión de muerte.
Para la psicoanalista Melanie Klein, el niño es concebido en loemocional desde su mundo interno, aludiendo a lo intrapsíquico. La pulsión que rige el juego es la pulsión de muerte, el niño juega para repetir, elaborar, simbolizar y desplazar experiencias a través de externalizaciones y personificaciones de imagos. Los distintos personajes representados en el juego, son comprendidos como aspectos del Ello y el Superyó, por lo tanto el juego se transforma en una vía de canalización de la angustia. Es desde ahí, que se plantea que el jugar en la clínica infantil es una instancia en la cual el niño logra comunicar al terapeuta lo que está pasando. Por tanto, es una vía de comunicación simbolizada en la cual el niño transmite información, es como para el adulto el lenguaje. Desde esta perspectiva, Klein propone en Principios Psicológicos de un análisis infantil, que existen diferencias entre la vida mental  de los niños y de los adultos, es decir, para poder analizar a un niño se utilizarán otras técnicas que en el adulto, accediendo de esta forma  al material del inconsciente. En este sentido, el juego es equivalente a la asociación libre en el adulto.

Klein propone que en las relaciones que establecen los niños con su mundo exterior, dirigen su libido hacia objetos de los que obtienen placer, aquella libido que en una primera instancia se encontraba ligada al yo del menor. Es por esto, que para poder acceder a ese material, hay que incluir estas diferencias psicológicas, además de comprender que la psiquis del menor se encuentra en vías de constitución como tal. La autora plantea, “en… su juego los niños representan simbólicamente fantasías, deseos y experiencias” (Pág. 143, Klein, 1926). Estos postulados, tienen relación con lo señalado por Freud, en cuanto a la interpretación de los sueños, en la cual el simbolismo es fundamental. El juego otorga material de interpretación al analista, a través de las fantasías relacionadas con la escena primaria, analogías con el sueño. Klein postula que “…si queremos comprender correctamente el juego del niño en conexión con todo su comportamiento…debemos tener encuentra no sólo el simbolismo que a menudo aparece tan claramente en sus juegos, sino también todos los mecanismos empleados en el trabajo del sueño…” (Pág. 143, Klein, 1926). En este sentido, el sueño muestra una escena, despliega deseos, ideas latentes, pensamientos y espacios trabajados a través del proceso primario de condensación y desplazamiento. A través del jugar del niño se va aludiendo a diversas fantasías, deseos y experiencias, las cuales son observadas atentamente por el analista. Por esto Klein refiere que la expresión de los niños, al ser tan distinta a la de los adultos, las interpretaciones entregan la resolución de las resistencias y el persistente descubrimiento, mediante la transferencia, de situaciones anteriores. , va a constituir el correcto espacio analítico, es decir, cada vez que el menor juega se realiza interpretaciones, se trabaja la transferencia. Melanie Klein diferencia juego neurótico y normal. El juego neurótico presenta como rasgo destacado la inhibición; el normal simbólico, permite modular la ansiedad con ganancia de placer y despliegue de fantasías. El psicótico, alejado de la realidad, no entra para ella en la categoría de juego.

Otro de los autores que estudió en profundidad el tema del juego en los niños, fue Donald Winnicott (1971), quien propone que el niñose va constituyendo desde lo relacional, desde la subjetividad, para lo cual el Jugar es un hacer, que se va desarrollando a través de un espacio potencial entre el bebé y la madre. Este jugar refiere a la salud, facilitando el crecimiento, el establecimiento de relaciones sociales y se enfatiza que el jugar es una acción natural del individuo. El concepto de jugar desde este autor, se diferencia de los postulados de Freud, ya que no se refiere a la pulsión y la sublimación, sino que el jugar es un hacer desde lo material y desde el subjetivismo. Además, se refiere que el jugar no es una defensa ante la angustia, ya que para él “…la angustia es normal en la infancia…” (Winnicott, 1971, Pág., 25). Si bien se plantea esto, el autor señala que no debe existir un componente excesivo de angustia, ya que una de las funciones del juego es poder lograr establecer un límite a esa entrada de angustia. A diferencia de Klein, quien propone que el menor proyecta en los objetos sus fantasías, Winnicott (1968) en su artículo “El uso de un objeto y la relación por medio de identificaciones”, hace referencia a la manera en que el menor percibe los objetos, la cual es desde lo real, no desde la proyección. Por tanto, si se observa el mecanismo de la proyección y la identificación presente, se sugiere no proyectar, ya para este autor el juego es libre, es un hacer, es espontáneo; lo propio del juego es el juego mismo, su interés está concentrado en la acción misma del jugar. Define el juego como“…experiencia siempre creadora (…) una forma básica de vida”,(Winnicott, 1985, Pág. 75). Agrega “el juego es en esencia satisfactorio” (Winnicott, 1985, Pág. 77), ya que el jugar esta relacionado con la necesidad de simbolizar, una necesidad vital y satisfactoria por sí misma y desde esta perspectiva el jugar es un logro del desarrollo emocional del menor.

El juego en el niño, se va a presentar como un signo de confianza en su ambiente, mostrándose este último como facilitador de sus procesos de madurez, ya que hace suya una parte de la realidad exterior, contribuyendo así en una experiencia donde el niño integra sus sentimientos de ambivalencia. Es por esto, que el rol que cumple la figura materna es fundamental, ya que a través de ella, logra que el menor incorpore objetos que la irán sustituyendo, generando de este modo el espacio transicional, el cual es el heredero del espacio potencial entre la madre y el bebé. El espacio potencial para Winnicott, se basa en un sentimiento de confianza, basado en la confiabilidad de la figura materna y el ambiente que lo rodea, conformando la adaptabilidad en el bebé. Respecto a la madre, se plantea que si “…su adaptación a las necesidades del bebé es lo bastante buena, produce en éste la ilusión que exista una realidad exterior que corresponde a su propia capacidad de crear” (Winnicott, 1971, Pág.30). Desde esta perspectiva, la apertura de aquel espacio desarrolla en el menor la capacidad de jugar y de creatividad, instaurando durante toda la vida actividades lúdicas, dando lugar a las actividades culturales. “La experiencia cultural comienza con el vivir creador, cuya primera manifestación es el juego”. “…El niño “deprivado” es incapaz de jugar y posee una capacidad empobrecida para la experiencia cultural” (Winnicott, 1971, Pág. 136 – 137)Por lo tanto, la función materna juega un papel primordial, ya que la vivencia de cuidados y confianza en el ambiente, permite generar el espacio potencial donde el niño se pueda organizar según su creatividad y sus proyecciones, que favorece a su vez la capacidad de juego.
El jugar en Winnicott es hacer, pero este hacer se encuentra inmerso en un sentido subjetivo, y ese el lugar donde este jugar se trasforma en terapéutico, por lo tanto, la función que cumple el juego será la de aliviar al sujeto de la constante tensión que se genera en la realidad interna y externa. Winnicott localiza el juego y el jugar en otra posición, así como hicieron falta sus profundas reflexiones sobre la importancia de su estatuto en la formación de la subjetividad en general. Este autor, fue uno de los primeros en detenerse en el dibujo no figurativo, valiéndose del garabato o mamarracho para desarrollar una nueva figura en la clínica, la de la consulta, y penetrar de manera original en la subjetividad del niño, no sin hacer tambalear la meta psicología psicoanalítica tradicional.

 

El niño que juega en el contexto terapéutico, nos permite conocer su mundo interno, entrega información privilegiada sobre la cual podemos desarrollar hipótesis que se reconstruyen de acuerdo al psiquismo infantil, lo que muchas veces es confuso de otro modo. Es por esto, que el juego espontáneo que se desarrolla en las sesiones, se ha convertido en la vía de acceso al psiquismo del niño, se aprecia lo elaborativo, entregando el mensaje a un interlocutor y es la expresión del mundo interno del niño. Es su modo, por excelencia de “ser” en el mundo, desde ahí es inquietante ver niños que no juegan o su juego es bizarro, alertándonos que algo está sucediendo.

El juego infantil propone una instancia en la que se facilita el advenimiento del Sujeto del Inconsciente, posibilitando la transferencia, dando lugar a la escenificación de la relación del sujeto con el objeto. De esta forma, el niño a través de su juego nos muestra sus propias significaciones e interpretaciones. Es creando y colocando en escena la ficción que es propia, siendo amo y dominando ésta, como otorga una posición creada a través del juego, una nueva realidad satisfactoria para compensar la insatisfacción y el dolor. Esto implica que él crea una nueva realidad, porque eso lo obliga a crear algo que no existe. Está creando una ficción que tiene todo el valor simbólico e imaginario. Esto le entrega una posición al niño frente a su juego, por lo que sus palabras lo constituyen como sujeto, siendo muy diferente estar en la posición de soporte de objeto hablado por el Otro, que identificarse con el objeto. Es desde esta posición que el  niño, a través de sus juegos, es tomado en sus palabras como sujeto.

Como se dijo anteriormente, es a través del juego infantil  que se posibilita una herramienta en la que se advenga un Sujeto del Inconsciente, surgiendo la transferencia, en la cual se logra la escenificación de la relación sujeto y objeto, el niño juega sus propias significaciones, interpretaciones que apuntan a dar sentido a aquello que de lo real se presenta como trauma. Al crear y ser amo de la escena, se otorga una posición, creándose por intermedio del juego una realidad satisfactoria.
De esta forma, el espacio terapéutico genera la producción de significados, dando lugar a un espacio mental en el cual se trabaja lo que está sucediendo a partir de la reflexión, de las interpretaciones y del sentido de la cura.  Desde ahí es necesario que el analista en la sesión con un niño ocupe plenamente un lugar, dando a entender al menor que este es su espacio, que el terapeuta se hace cargo en un principio de este lugar que es interior y exterior a la vez, en el cual confluyen el mundo interno y externo. Aquel, es el lugar en el cual se piensa acerca de lo que está ocurriendo. Por lo tanto, el jugar es referido como una instancia donde el menor otorga un significado a sus vivencias. El trabajar con niños implica intervenir en un momento o intervenir en un sujeto cuyo psiquismo está en estructuración. Su subjetividad está en constitución, entonces la sintomatología y la problemática tienen que ver con ese proceso, al igual que nuestras intervenciones.

A modo de conclusión, se puede plantear que el juego como una herramienta técnica, no tiene su base en los juguetes en sí, sino que  alude al objeto. Este tendrá un sentido de significantes en las asociaciones que se desarrollen en la sesión analítica. Para Jaques Lacan, el juego es un texto, un discurso en el que los significantes toman el lugar de los juguetes y es donde la significación que se deviene, nos lleva al inconsciente, develando el fantasma, el goce, el deseo y el síntoma de un sujeto.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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17 noviembre, 2015

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